Bandersnatch, decisiones al otro lado del espejo

Bandersnatch juega con los límites de la narración cinematográfica. Convierte al clásico espectador en usuario, dándole el poder de decidir sobre el devenir de los acontecimientos. Ante ti siempre habrá dos opciones, pero como ocurre en los videojuegos, eres consciente de que hay un camino prefijado, y que la sensación de estar eligiendo tu destino es simplemente una ilusión. Pero lo ignoras, porque lo divertido es entrar en el juego y descubrir hasta dónde llegarás.

El nuevo capítulo de Black Mirror, dirigido por David Slide bajo la producción de Netflix, es plenamente consciente de ello, y juega con la idea hasta las últimas consecuencias. De hecho, el argumento gira en torno a un joven desarrollador, buscando crear su primer videojuego. Es el año 1984, precisamente el mismo en que Bandersnatch fue planteado en la vida real, coincidiendo con una etapa dorada en la creación de software. No obstante, el título jamás fue terminado, debido a los problemas económicos que atravesó la compañía Imagine Software.

Bandersnatch juega con los límites de la narración cinematográfica. Convierte al clásico espectador en usuario, dándole el poder de decidir sobre el devenir de los acontecimientos.

En definitiva, una metahistoria que nos pone en el interior del espejo. Para más referencias, Bandersnatch es el nombre que puso Lewis Carroll a uno de sus personajes en el libro A través del espejo, el cual curiosamente trata sobre una loca partida de ajedrez de movimientos imposibles. Precisamente lo mismo que esta obra, que no deja de ser eso, un juego en el que el uso de la lógica no siempre te llevará por el mejor camino.

La producción audiovisual se apropia así del habitar propio de los videojuegos, en que el usuario sigue los pasos que otra entidad ha previsto anteriormente. Me gustaría citar, en este punto, la figura del «game master», encargado de dirigir partidas en los juegos de rol. Tal figura se corresponde con la del director y guionista de esta obra, los cuales son los encargados de propiciar las idas y venidas sobre la trama. Han tenido todos los movimientos en cuenta.

Interesante es que, durante el proceso, Bandersnatch rompe la cuarta pared en innumerables ocasiones, generando un espacio de conversación emisor-receptor realmente original. La obra contiene más de 300 minutos de contenido audiovisual, con varios finales e infinidad de decisiones intermedias. La realización es sublime, y sorprendentemente logra huir -en la mayor parte de ocasiones- de lo aparentemente insoportable que podría hacerse ir y volver continuamente sobre el argumento. Presta atención a ello, y se preocupa por aportar nuevos detalles.

Bandersnatch rompe la cuarta pared en innumerables ocasiones, generando un espacio de conversación emisor-receptor realmente original.

Pero lo que lo separa a Bandersnatch de otras producciones similares (que podemos encontrar en el mundo del videojuego), es ese toque Black Mirror del que hablábamos: rompe esquemas, para resultar escéptico ante el avance tecnológico que la misma obra pone de manifiesto. Una crítica lúcida sobre la obsesión que puede conllevar la creación, al tiempo que una reflexión sobre la ilusión de que decidimos, de que tenemos el control de nuestras vidas, y también sobre los productos que consumimos.

Siempre hay un guión, e incluso en el caso de que se nos permita decidir, esas decisiones ya han sido tenidas en consideración. Como en los videojuegos, las distintas variables fueron consideradas, bajo una lógica de algoritmos en las que lo único que podemos hacer es dejarnos llevar y disfrutar del espectáculo. Y eso es Bandersnatch al fin y al cabo, un festival de decisiones al otro lado del espejo (la pantalla).

 

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