Link’s Awakening, el comienzo de un sueño

Septiembre de 1994. Esa fecha supuso un antes y después, por lo menos en lo que a mi pasión por los videojuegos se refiere. Era mi cumpleaños y recibí una Game Boy (la de ladrillo que muchos conocéis) junto al mítico The Legend of Zelda: Link’s Awakening, unas 10.000 pesetas de la época. Mi primera consola de Nintendo y mi primer Zelda. Había escuchado maravillas sobre ambos productos, pero mi primera reacción fue de decepción. Creo que en eso no me equivoco. Lo recuerdo bien.

Acostumbrado a la Master System de SEGA y lo bien que se veía en mi reluciente televisor de tubo de 14 pulgadas, no comprendía por qué no llegaba a distinguir casi nada en la pantalla monocromática de una máquina que todo el mundo ponía por las nubes. Tras tocar la pequeña rueda de contraste en la imagen parece que algo mejoraba, pero me costó acostumbrarse. Diría que fue como la VR de los 90 (jejeje). En fin… que era cuestión de tiempo. A los pocos minutos acostumbré mi vista a aquella diminuta pantalla, y también a aquel increíble juego.

Eran otros tiempos, sin duda. Ahora mismo sólo puedo pensar en lo exigentes que nos hemos vuelto. A pesar de que Game Boy tenía una considerable autonomía, cuatro pilas no daban para mucho, y luego estaba el tema del inglés… o perdón: del maldito inglés en que estaban todos y cada uno de los textos de Link’s Awakening. Os aseguro que era algo que multiplicaba la dificultad, sobre todo para un pobre chaval de EGB.

Pero qué días aquellos, o mejor dicho: semanas. Soñaba con ponerme manos a los botones nada más volver del colegio. Había algún compañero que también probaba el juego, o yo mismo se lo dejaba. Todos pedían ayuda. En poco tiempo, éramos varios los expertos en Zelda, que con papel y lápiz dibujábamos la estructura de las mazmorras para guiar a los menos avezados.

Pero no presumo. Me llegué a atascar, y no una hora, o un día… Fueron varias semanas hasta que pude tirar de una de las pocas guías que encontré. La localización en cuestión fue el laberinto de señales. Tal vez fue por el inglés, o yo que sé. Hace poco, al jugar al remake pensé en cómo demonios pude caer en algo tan básico. ¡Pero si era facilísimo! Sólo había que seguir las flechas. Al final, relativizas y piensas que jugar en aquella época a un Zelda no era lo mismo que hacerlo ahora… Me fue complicado adaptar mi forma de pensar como jugador a un estilo (digamos) tan distinto, y sobre todo novedoso para mí.

Pero pasé la prueba, y a partir de entonces no hubo marcha atrás. Fue como un bautizo. A los pocos meses me hice con una NES y una SNES sólo para jugar a Zelda, Zelda II y A Link to the Past. Ninguno me decepcionó. En particular, el de Super Nintendo sigue siendo uno de mis favoritos. El otro día me puse a jugarlo en la aplicación de Switch y parece brujería cómo pudieron meter un juego tan grande en un cartucho de la época.

Pero volviendo al tema, Link’s Awakening es sin duda el juego más especial que recuerdo. Con el paso del tiempo y jugando a su remake, he comprobado -ya con una mente más analítica- por qué consiguió atraparme. No es solamente por su curiosa y misteriosa trama, sino por esa estructura que te hace superarte, resolver acertijos y hacer una progresión como héroe hasta el final de la aventura. Esa sensación de superarte no en función de tu habilidad, sino de tu ingenio, es algo que siempre he apreciado de esta saga de videojuegos.

Por eso me alegro de que Nintendo lo haya recuperado. Como dije en el análisis de 3DJuegos, supone algo más que una reivindicación nostálgica. Para mí es la reconstrucción de una obra que hizo historia para que sea vista por nuevos jugadores y para que no se pierda la esencia de hacer buenos videojuegos, lo cual es algo que al final estriba en algo tan simple pero difícil de conseguir como crear un buen diseño jugable. De eso hay mucho que aprender en Link’s Awakening, sin duda.

 

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